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El arte de viajar despacio: una semana en un pueblo del Mediterráneo

En lugar de ver cinco ciudades en siete días, me quedé en un solo pueblo. Fue el mejor viaje que hice.

Fachada de piedra de un pueblo mediterráneo con plantas

La costumbre era siempre la misma: armar un itinerario lleno, cambiar de ciudad cada dos días y volver más cansada que antes de irme. Esta vez probé lo contrario: una semana entera en un pueblo pequeño frente al mar.

Cómo elegí el lugar

Busqué tres cosas: un mercado local, la posibilidad de caminar a todos lados y un alojamiento con cocina. Nada de rankings ni atracciones imperdibles.

Un día cualquiera

  • Mañana: café en la plaza y compras en el mercado. A la tercera vez, el verdulero ya me saludaba por mi nombre.
  • Mediodía: almuerzo simple con lo comprado, siesta con la ventana abierta.
  • Tarde: caminata por la costa, sin destino fijo.
  • Noche: cena tarde, como los locales, y charla larga.

Lo que gané viajando lento

  1. Gasté menos. Sin traslados constantes ni comidas apuradas en lugares turísticos.
  2. Conocí gente. Quedarse en un lugar permite que el lugar te conozca a vos.
  3. Descansé de verdad. Volví con energía, no con ganas de unas vacaciones de las vacaciones.

La próxima vez que planees un viaje, probá tachar la mitad del itinerario. Lo que quede, vas a vivirlo mucho mejor.

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